Parroquia Nuestra Señora del Rosario
Domingo de Ramos 2014
Homilía: Pbro. José G. Pineda M.
Jesús Hijo de Dios Padre Jn 1, 14
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Abrimos
las puertas de la semana santa con la
celebración del domingo de ramos. Es la entrada triunfante de Jesús en
Jerusalén, recibido como el gran profeta y Mesías. Los niños hebreos,
contagiados por una gran alegría, preparan el camino de entrada al Señor.
Aparecen las palmas, ramos de olivo, mantos, porque Dios está entre nosotros y
viene a salvarnos.
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Hoy
también celebramos la entrada de nuestro Rey en nuestro corazón y en nuestra
historia, para que trayendo su inmensa luz, ya no caminemos en tinieblas y
podamos gozar de su presencia maravillosa que transforma nuestra vida y hace de nosotros una persona nueva que da
testimonio y es reflejo del amor de Dios en medio de sus hermanos.
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En
la palabra proclamada, escuchamos al profeta Isaías narrar parte de la pasión
de Cristo siglos antes que Jesús se encarnara. Dice que no se resistió al
maltrato y no apartó su rostro de los insultos, porque sabía que no iba a
quedar avergonzado. San Pablo le recuerda a los Filipenses que Jesús se hizo
hombre como nosotros, se humilló y aceptó la muerte en la cruz. Como
recompensa, el Padre lo exaltó y le dio el
nombre que está sobre todo nombre. Luego, como cada año, escuchamos el relato
de la pasión y muerte de Jesús según el evangelista Mateo. Un recorrido
acompañando a Jesús en las últimas horas de su vida terrena. La pasión termina
con la muerte de Jesús y su sepultura, por cierto, se aseguraron que Jesús no
saliera más de esa cueva porque había fastidiado mucho a los líderes
religiosos, por eso sellaron el sepulcro y montaron guardia. No sabían que
sucedería tres días después, eso se los diré en la vigilia pascual.
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¿Por
qué fue llevado el Señor a la cruz? Hay varios motivos, pero el principal fue
porque se llamaba a sí mismo Hijo de Dios y se igualaba a él. Esa es la razón
que desencadenó su arresto, el juicio apresurado y condena, como cualquier
malhechor, por llamarse Hijo de Dios.
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El
relato de pasión que escuchamos está ubicado en los capítulos 26 y 27 de Mateo.
En el versículo 43 del capítulo 27 dice: ha puesto su confianza en Dios, que Dios
lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho; soy el Hijo de
Dios. Es el momento de la prueba. Eso es verdad, Jesús se llamó y vivió
como Hijo de Dios. A pesar de estar en una cultura sumamente legalista y sin
amor a Dios, se atrevió a llamar al Dios de Abraham, de Isaac y Jacob, el
cual inspiraba mucho respeto, papá,
papi, papaíto. Quiso hacerlo de ese modo
porque su misión, como hermano mayor, era enseñarnos a vivir como hijos de
nuestro padre misericordioso. Contra toda barrera, reveló el rostro
misericordioso del Padre amado, para que sin miedo pudiéramos acercarnos a él y
experimentar su amor. En el prólogo del evangelista Juan versículo 14 dice que
el Verbo se hizo carne y recibió la Gloria correspondiente al hijo único de
Dios.
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Llamarse
Hijo de Dios tuvo sus consecuencias, pero Jesús las asumió como parte de su
pasión. Ser Hijo de Dios fue la forma que encontró para estar más cerca de
nosotros y así poder salvarnos. Quiso estar entre nosotros y asumir nuestra
condición humana, pero no fue pecador. Nunca
Dios había estado tan cerca de los hombres. Esta decisión de Jesús
incomodó a muchos porque reveló que Dios es amor y misericordia, en contra del
legalismo desgastado y humillante de los fariseos y saduceos que no ayudaban a
los judíos a acercase a Dios. Ante el vino nuevo que Jesús proclamaba, muchos
no quisieron ser odres nuevos para recibir la gracia abundante del Padre.
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El
discurso de este nuevo profeta era maravilloso, algunos decían: habla con
autoridad, no como los maestros de la ley (Mc 1, 22), sanaba enfermos y era
comprensivo con todos, defendía a los
más débiles y perdonaba los pecados. Esa actitud produjo rabia, de esa que
ciega y te lleva a cometer actos llevados por las pasiones. Sin embargo, Jesús
no se retractó de su misión, porque su meta era salvarnos dando su vida por
nosotros.
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En el Bautismo el Padre nos llama hijo amado, es
verdad somos sus hijos y vivir como hijos de Dios también tiene sus
consecuencias. Estamos llamados a dar testimonio de su amor. Vivir como hijo de
Dios implica llevar una vida de oración profunda, alimentarnos de los
sacramentos, perdonar y ser misericordiosos, porque somos un reflejo de su
presencia en el mundo.
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También
nosotros somos sometidos a pruebas. A Jesús le decían: si eres Hijo de Dios
sálvate y baja de la cruz… eso es con cada uno de nosotros… nos podrán decir:
si eres hijo de Dios porque te enfermas, porque no tienes trabajo, porque
tienes dificultades…si tú eres hijo de Dios, ese es el drama de nuestra vida,
vivir como hijos del Padre en un mundo que quiere pruebas, respuestas, que pone
condiciones para creer… un mundo donde muchos no creen.
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Durante
todo el ministerio de Jesús le pidieron pruebas de su divinidad. Si de verdad Dios lo ama, que lo salve. Jesús en la cruz es
el signo del amor concreto por cada uno de nosotros. No pidas más pruebas.
Míralo un momento en la cruz. Allí debería estar yo, pero él tomó mi lugar. Eso
es demasiado amor. ¿Quieres más pruebas? Ese es el Hijo de Dios, no tiene que
bajar de la cruz, es más, nos conviene que no baje, porque alguien nos subiría
a nosotros para crucificarnos. Jesús no
tiene que probar nada, porque su entrega generosa es el mayor signo de
su amor.
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Hoy
recibimos a Jesús con nuestras palmas
como signo de fe en él, porque es el Mesías que entra en nuestra vida, sin
embargo el demonio estará también cerca para ponernos trampas y tentaciones,
que si no vencemos, con la gracia de
Dios, nos llevarán a pensar y posiblemente a creer que no somos hijos de Dios,
que él no nos ama, que nos abandonó.
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Descubrimos
a Dios en los detalles de cada día, experimentemos su amor, aún en la
dificultad, no es un fracasado, es un Dios victorioso y con mucho poder.
Nuestro reto es vivir como hijos de Dios y proclamar sus maravillas a los
hermanos. El Papa francisco en la exhortación apostólica la alegría del
evangelio en el numeral 266 dice: Jesús camina con nosotros, respira con
nosotros, trabaja con nosotros, y solamente el que está convencido de eso puede
convencer a los demás.
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No
vivamos la experiencia de la cruz como algo triste, el que está crucificado nos
ama demasiado. El Papa nos invita a vivir la alegría del evangelio, la cruz es
evangelio, es buena noticia. Su muerte
no es para llorar, debe motivo de alegría porque nunca podremos pagar ese
sacrificio. El murió por nuestros pecados. Dice una estrofa del himno de las
laudes de esta mañana: yo soy quien ha de llorar, por ser acto de flaqueza; que
no hay en naturaleza más flaqueza que el pecar.
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Les
invito, en esta celebración de las palmas, a recibir a Jesús en nuestro
corazón, tengamos cuidado de no tener doble vida espiritual, es decir, que
gritemos hosanna al Hijo de Davis y luego gritemos crucifícalo. Si estamos con
él, será para siempre con todas las consecuencias. Deseo para todos una santa
cuaresma y no esperamos grandes acontecimientos para saber que él nos ama. Que cada día proclamemos como el centurión en el
Gólgota: verdaderamente este es el Hijo de Dios (Mt 27, 54). Amén
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